OCB: Lo que ocurre en tu equipo cuando tú no estás

Hace poco me detuve en un concepto que, aunque tiene más de medio siglo, interpela directamente al liderazgo actual: el Organisational Citizenship Behaviour (OCB), o comportamiento de ciudadanía organizativa.

No es una novedad. Autores como Dennis Organ ya lo estudiaban en los años 60. Sin embargo, una publicación reciente de Ben Tiggelaar me llevó a mirarlo con más atención y a constatar hasta qué punto sigue siendo un marco muy útil para entender lo que ocurre hoy en muchas organizaciones.

El OCB se refiere a aquellos comportamientos que no aparecen en la descripción del puesto, ni en los KPIs, ni suelen estar asociados a un bonus, pero que marcan una diferencia clara en cómo funciona una organización en la práctica.

Hablo, por ejemplo, de:

  • Ayudar a un compañero sin que nadie lo pida.
  • Compartir información relevante de forma proactiva.
  • Señalar un riesgo antes de que escale, aunque resulte incómodo.
  • Dar un paso adelante cuando algo se atasca, aunque no sea tu responsabilidad.

 

No son gestos heroicos. Son comportamientos cotidianos, muchas veces discretos, que sostienen el trabajo colectivo cuando los procesos, los roles y los organigramas ya no alcanzan.

Lo relevante no es constatar que este tipo de conductas existen. Lo relevante es entender por qué aparecen con naturalidad en algunos contextos y desaparecen por completo en otros, incluso contando con personas con experiencia, competentes y bien intencionadas.

Es habitual pensar que dependen sobre todo de la actitud individual, de la implicación personal o de la “vocación”. La investigación y la experiencia apuntan en otra dirección: estos comportamientos emergen o se inhiben, en gran medida, en función del contexto en el que se trabaja.

Y ese contexto no es neutro. Es el resultado de decisiones acumuladas, de señales repetidas en el tiempo y de lo que se premia, se tolera o se evita sistemáticamente.

El Organisational Citizenship Behaviour no se puede exigir. En el momento en que se espera o se impone, deja de ser voluntario y pierde su sentido. Puede, en cambio, verse favorecido o bloqueado por mensajes muy concretos que se envían cada día, a menudo sin plena consciencia.

Por ejemplo:

  • Cómo se responde al error. Si se penaliza, pocas personas se arriesgarán a salir de su perímetro formal.
  • Cómo se gestiona la discrepancia. Si disentir tiene un coste relacional o político, el silencio acaba siendo la opción más segura.
  • Cómo se reconoce el esfuerzo invisible. Si solo cuenta lo que se ve, lo que se presenta bien o lo que llega arriba, se descuida lo que realmente sostiene el funcionamiento del día a día.

 

Cuando estos comportamientos se debilitan, el efecto no suele ser inmediato ni espectacular. Lo que aparece es algo más sutil: equipos que cumplen, pero no alertan; decisiones que llegan tarde; riesgos que nadie nombra; problemas que se gestionan cuando ya no admiten matices.

El sistema sigue funcionando, pero lo hace con menos criterio compartido, menos iniciativa distribuida y mayor dependencia de la intervención constante. Todo parece estar bajo control, hasta que deja de estarlo.

Hay además un matiz importante que conviene no perder de vista. No todo lo que va más allá del rol es necesariamente sano. Cuando el “dar un poco más” se convierte en una expectativa tácita, cuando la disponibilidad permanente se normaliza, cuando ayudar deja de ser una elección y pasa a ser una obligación encubierta, el compromiso suele transformarse en desgaste, resentimiento y, con el tiempo, cinismo.

Confundir compromiso con sacrificio silencioso es un error serio. No siempre aparece en los indicadores, pero termina erosionando la calidad del trabajo, las relaciones y la toma de decisiones.

Todo esto explica por qué este concepto, aun siendo antiguo, resulta especialmente relevante hoy. En organizaciones cada vez más complejas e interdependientes, los procesos formales ya no resuelven por sí solos la realidad. Gran parte del funcionamiento efectivo depende de cómo las personas deciden colaborar, compartir criterio y hacerse cargo de lo que ocurre más allá de su responsabilidad formal.

No es una técnica de gestión ni una moda pasajera. Es una consecuencia. Dice mucho más del sistema y del estilo de liderazgo que se ejerce que de las personas individuales.

Cuando un equipo se limita estrictamente a cumplir con lo mínimo exigido, quizá la cuestión no sea por qué falta compromiso, sino qué contexto se ha ido construyendo para que ir un poco más allá no resulte natural, ni seguro, ni valga la pena.

Hay dinámicas que no aparecen en los organigramas, ni en los KPIs, ni en los sistemas de incentivos, pero que marcan la diferencia entre que una organización funcione muy bien o simplemente cumpla.

En este artículo comparto una reflexión sobre el Organisational Citizenship Behaviour y su relación con el liderazgo. No como una técnica, ni como una moda, sino como una consecuencia directa del contexto que se crea cada día.

Más que hablar de compromiso, se trata de observar qué ocurre cuando nadie está mirando y qué señales, a veces invisibles, hacen que las personas decidan implicarse o limitarse a lo mínimo.

¿En tu experiencia, qué hace que un equipo dé un paso más… o deje de hacerlo?

Enviar mensaje
1
¿Hablamos?
Hola,
Gracias por contactar conmigo.
¿En qué te puedo ayudar?
Financiado por la Unión Europea. NextGenerationEU Ministerio de Industria, Comercio y Turismo Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia